miércoles, 30 de noviembre de 2016

82. BONDAD URUGUAYA Y LA AMABILIDAD DE SU GENTE.



BONDAD URUGUAYA Y LA AMABILIDAD DE SU GENTE.

Uruguay es un pequeño país al sur del continente, un lugar bastante tranquilo, donde los campos son verdes y la tierra es bondadosa, donde las vacas son felices; donde las luciérnagas y los sapos son dueños de la noche,  donde distintas aves recorren la costa y los campos, donde los paisajes  son mágicos y donde las personas tienen las mismas características de sus tierras.
La llegada a Uruguay representó pasar del país más grande de Sudamérica, Brasil, al más pequeño. Un contraste en todos sentidos: de ciudades llenas de gente a pueblos y campos tranquilos, de la locura y el caos brasileño a  la calma campirana de una hermosa tierra gaucha.
La primera parada la hicimos en Punta del Diablo donde nos encontramos con un pueblo  fantasma, con una playa llena de dunas muy peculiares y a tan solo unos kilómetros, con una reserva natural muy hermosa llamada Santa Teresa, un lugar desolado, que en temporada alta nos dijeron que se llena de gente.
 
Pero desde nuestra llegada notamos lo caro que era vivir en este país, en especial a nosotros, como viajeros, nos atacaba por el precio de las comidas y los hospedajes. Fue tan fuerte la impresión de los precios que llegamos a pensar que tendríamos que salir rápido del país, pero no fue así. En Uruguay había que cumplir con algunos sueños y este pedacito de tierra nos tenía preparada una gran sorpresa que estaba escondida detrás del corazón de su gente.
El segundo punto que conocimos en Uruguay fue la ciudad turística de Punta del Este, con su famosa escultura de la mano (un monumento en homenaje a las personas que han perdido la vida en el mar).
 
 A nuestra llegada nos encontramos con unos días lluviosos  que no nos dejaron generar  y por el contrario nos fueron consumiendo el poco dinero que nos quedaba. Pero el primer día que trabajamos fue un domingo en el puerto de la ciudad, donde además de poder presenciar lobos marinos, nos encontramos con gente extremadamente amable y generosa. Con el dinero conseguido decidimos seguir avanzando en nuestra ruta uruguaya rumbo a la capital del país.
Pero nuestra posterior parada no fue propiamente a Montevideo sino a un pequeño pueblo en el departamento de Canelones llamado Suarez, allí nos recibieron nuestros amigos Nadia y Diego, a quienes habíamos conocido en el norte argentino y que ahora nos recibían en casa de la Abuela. Con ellos compartimos muchos días durante nuestra estancia, muchos mates, mucha y muy deliciosa comida casera hecha principalmente por la abuela (aunque también los muchachos nos deleitaban con sus tortas fritas y sus empanadas), noches de ver el televisor como  una familia y de jugar cartas; en fin gente maravillosa con un gran corazón que muchas veces nos ofrecían más de lo que tenían con tal de hacernos más cómoda y placentera nuestra estancia. La Abuela, Nadia y Diego nos trataron como si fuéramos parte de su familia, y por ende ellos se convirtieron en nuestra familia uruguaya. En lo personal el estar en casa de la abuela me recordaba cuando yo me juntaba a visitar a mi abuelita hace algunos años, eso me hizo sentir ese amor de hogar, y me hizo recordar mucho a mi abuela que falleció cuando yo estaba en El Salvador, ya en pleno viaje.
De Uruguay todavía íbamos a conocer dos puntos más, Montevideo que es la capital más tranquila de Sudamérica, y más fugazmente la antigua ciudad de Colonia de Sacramento donde aparte de probar el famoso chivito, pudimos conocer el centro histórico con su famoso faro y desde donde posteriormente nos despedimos del país tomando el barco para cruzar a Buenos Aires. Pero me gustaría hablar un poco más de Montevideo, a esta ciudad  la conocimos conforme se nos fueron presentando las necesidades, anduvimos moviéndonos mucho de un lado a otro, siempre caminando, algunas veces con maletas, otras no; algunas trabajando con las marionetas, otras para tomar los buses; caminando para llegar al Palacio Legislativo en busca de Mujica  o rumbo al estadio para cumplir el sueño de ver a la selección; bueno, pero lo que cabe destacar es que durante todo nuestro tiempo en la tranquila capital siempre nos encontramos con personas muy amables que hicieron nuestra estancia más fácil. Aquí creo conveniente retomar una conclusión a la que llegue sobre LOS URUGUAYOS: son gente con la que se puede hablar, tienen mucho sentido común (el cual en las sociedades modernas pareciera no ser tan común últimamente); a veces son demasiado correctos, pero son personas con la que se puede tranquilamente entablar una conversación en un plano amigable, gente que le es fácil ayudar a los demás, que a veces pueden parecer fríos en sus expresiones de alegría, pero que en el fondo de sus sonrisas se les alcanza a percibir todo ese calor que emanan sus corazones.  


En Uruguay pudimos sobrellevar la situación de los precios gracias a que la gente en las plazas del centro y en el Parque Rodó (donde los atardeceres son fantásticos) siempre nos colaboraron de la mejor manera con una muy buena actitud para escucharnos y para disfrutar de lo que hacíamos, así como para colaborarnos con dinero para poder continuar con nuestro viaje.

 
Aparte del agradecimiento a toda la gente que nos colaboró en la calle con lo de las marionetas del Chavo, también hay que agradecer a la gente del Hostal Planet por el trato y por guardarnos las mochilas  todas las veces que lo ocupamos, a Fabián, Marcos y Lucy del Hostal Blanes por permitirnos quedarnos y manejarnos como a nosotros nos era más fácil, a Ana de Argentina por recibirnos en su departamento, y a ella y a Angela, colombiana, por la cena que nos invitaron; al gran Pablo Pipolo quien aparte de mostrarnos la sala principal del Teatro el Galpón el día que lo conocimos también tuvo el enorme detalle de regalarnos unos boletos de cortesía para ver la obra en la que él actuaba.

Otra cosa curiosa que nos pasó en Uruguay, fue el habernos encontrado la mayor cantidad de mexicanos desde que salimos de nuestro país, pues en los hostales y en las calles coincidimos con muchos; además pudimos participar en un evento del Día de Muertos en el Teatro Galpón gracias a la invitación de Dulce con quien luego compartimos unos buenos sopes de maíz con una salsa picosita, un verdadero manjar para un paladar que lleva más de un año sin probar algo semejante.
Al final Uruguay queda en mi memoria como un lugar lleno de paisajes hermosos, con playas de dunas con características únicas, con campos verdes, y con gente excepcional; gente humilde de corazón que le es fácil ayudar a los demás y que solamente buscan ser felices y no se hacen mucho problema. Como lo dice el que hasta hace poco era su presidente, José Mujica: “No hay que acumular más de lo necesario, hay que mantener la vida simple”.
Al final de cuentas resalto la humildad, la educación y las ganas de ayudar de los charrúas.

Escrito por David Herrera González.

(Edición del texto y Fotografías por Julieta D’Ambrosio)

25 de Noviembre de 2016.













viernes, 11 de noviembre de 2016

EL SUEÑO DE CONOCER A CERATI.



EL SUEÑO DE CONOCER A CERATI.

“MERECES LO QUE SUEÑAS.” (G. Cerati)



Unas semanas antes de llegar a la Ciudad de la Furia, todavía del otro lado del Río de la Plata, en Montevideo. Entrada la noche, volví al hostal, entré al precario cuarto que se ubicaba en el subterráneo de una construcción vieja, la luz que se filtraba por la persiana hacía un efecto de rombos contra la pared, yo tenía la mente inmiscuida en un mar de dudas, bastante aturdida por cuestión de amores, así que mejor me dispuse a dormir, me quité el abrigo y en llamas me acosté.
Después de unos minutos estaba completamente dormido, mis sueños sólo reproducían una rima medio adormecida con todas las palabras que finamente flotaban dentro de mi cabeza y el eco saturado de mis latidos marcaba el ritmo de mi sueño. Fue como a las cuatro de la mañana que de pronto se desordenaron los átomos y lo hice aparecer, estaba frente a la imagen de Gustavo Cerati, quien seriamente me dijo que a él solía encontrársele en cualquier lugar, y que nada era casualidad; le pregunté cómo le gustaba que le dijera (Gus, Tavo, o Cerati), él me dijo que le era irrelevante lo del nombre y  posteriormente me invitó a comer algo, pero aclaro que teníamos que ir a otro lado porque solamente tenía tarjeta y no podía pagar con efectivo en los restaurantes que súbitamente se aparecieron en el escenario de mis sueños; sugirió que nos quedáramos atentos por las siglas de los siglos y de pronto el plan de ir a comer cambió por el de ir a dar un paseo transgrediendo sueños, un paseo tan inmortal como inmoral, eso era como una especie de sueño para mí (un sueño dentro de un sueño). En lo personal no sabía por dónde comenzar el  recorrido, hasta que  busqué detrás del corazón moviéndolo lentamente, de pronto ya estábamos arriba de una lancha navegando juntos, como un par de prófugos.
La vuelta por el universo con este genio musical se entremezcló entre sus letras y mis memorias de viaje. Íbamos por el cauce de un río, muy probablemente en el cielo, donde se sentía que todo giraba: giraba el sol, giraba el mundo, giraba Dios. La pequeña embarcación comenzó a circular por las aguas lentas y marrones en medio de un ambiente selvático lleno de vegetación parecido a lo que yo viví en el Amazonas Ecuatoriano, donde los pájaros eran árboles, en lo idéntico de la soledad; desperdigados por fantasías sin fin, se nos apareció un animal raro, Cerati me dijo que era un animal en forma de canción, una canción animal. De pronto, lapsos del sueño me llevaron a intercalar conversaciones con él, donde el escenario natural se desvanecía quedando atrás, sólo veía su rostro, y se escuchaban sus proféticas palabras que decían así, “siempre fue divertido correr, dejar este mundo detrás y no tienes que esperar a que el tiempo venga por tí, recuerda que  siempre es hoy”.
Estaba concentrado escuchándolo cuando de pronto mágicamente el escenario cambió. Todo era obscuridad, inmersos en medio de la noche, íbamos de nueva cuenta en la embarcación  pero el panorama ahora era muy tenebroso, la lancha comenzó a moverse, las señales luminosas que indicaban los límites de velocidad a la orilla del río comenzaron a balancearse de un lado al otro  a la par del viento, y en la obscuridad del agua comenzaron a brillar las mareas. Cerati sugirió que el mareo que estábamos sintiendo se debía al verde profundo del mar, el aire era sólo un detalle infinito dando vueltas y que ese brillo podría ser el reflejo de las memorias de un amor de ultramar. A primera instancia me resultó complicado entender sus palabras, por lo que me quede reflexionando unos instantes.
Pero el sueño tenía que terminar tarde que temprano, fue así como de pronto se fue en otra lancha distinta a la mía y susurrando escuché decir sus últimas palabras: “No lo sé, ¿cuánto falta?, no lo sé, ¿si es muy tarde? no lo sé, si me olvidas moriré… ¿Qué otra cosa puedo hacer?.....”

Al final este sueño quedó sin resolverse, pero puedo decir que este viaje por Latinoamérica me hizo cumplir el sueño de conocer a Cerati. Los sueños ayudan a hacer cosas imposibles, y uno siempre merece lo que sueña.

Texto inspirado en la admiración que tengo por la música y poesía del genio inmortal Gustavo A. Cerati, por la pasión que tengo por viajar, por las ganas eternas de soñar, y por mi mente que cuando estoy dormido le gusta divagar.

David Herrera González.

Octubre 2016.