EL SUEÑO DE CONOCER A CERATI.
Unas semanas antes de llegar a la
Ciudad de la Furia, todavía del otro lado del Río de la Plata, en Montevideo. Entrada la noche, volví al hostal, entré al precario cuarto
que se ubicaba en el subterráneo de una construcción vieja, la luz que se filtraba por la persiana hacía
un efecto de rombos contra la pared, yo tenía la mente inmiscuida en un mar de
dudas, bastante aturdida por cuestión de amores, así que mejor me dispuse a dormir,
me quité el abrigo y en llamas me acosté.
Después de unos minutos estaba
completamente dormido, mis sueños sólo reproducían una rima medio adormecida
con todas las palabras que finamente flotaban dentro de mi cabeza y el eco
saturado de mis latidos marcaba el ritmo de mi sueño. Fue como a las cuatro de la
mañana que de pronto se desordenaron los átomos y lo hice aparecer, estaba
frente a la imagen de Gustavo Cerati, quien seriamente me dijo que a él solía encontrársele en
cualquier lugar, y que nada era casualidad; le pregunté cómo le gustaba que le
dijera (Gus, Tavo, o Cerati), él me dijo que le era irrelevante lo del nombre
y posteriormente me invitó a comer algo, pero aclaro que teníamos
que ir a otro lado porque solamente tenía tarjeta y no podía pagar con efectivo
en los restaurantes que súbitamente se aparecieron en el escenario de mis
sueños; sugirió que nos quedáramos atentos por las siglas de los siglos y de
pronto el plan de ir a comer cambió por el de ir a dar un paseo transgrediendo
sueños, un paseo tan inmortal como inmoral, eso era como una especie de sueño para mí (un
sueño dentro de un sueño). En lo personal no sabía por dónde comenzar el recorrido, hasta que busqué detrás del corazón moviéndolo
lentamente, de pronto ya estábamos arriba de una lancha navegando juntos,
como un par de prófugos.
La vuelta por el universo con este
genio musical se entremezcló entre sus letras y mis memorias de viaje. Íbamos
por el cauce de un río, muy probablemente en el cielo, donde se sentía que todo
giraba: giraba el sol, giraba el mundo, giraba Dios. La pequeña embarcación
comenzó a circular por las aguas lentas y marrones en medio de un ambiente
selvático lleno de vegetación parecido a lo que yo viví en el Amazonas
Ecuatoriano, donde los pájaros eran árboles, en lo idéntico de la soledad; desperdigados
por fantasías sin fin, se nos apareció un animal raro, Cerati me dijo que era
un animal en forma de canción, una canción animal. De pronto, lapsos del sueño
me llevaron a intercalar conversaciones con él, donde el escenario natural se
desvanecía quedando atrás, sólo veía su rostro, y se escuchaban sus proféticas
palabras que decían así, “siempre fue divertido correr, dejar este mundo detrás
y no tienes que esperar a que el tiempo venga por tí, recuerda que siempre es hoy”.
Estaba concentrado escuchándolo
cuando de pronto mágicamente el escenario cambió. Todo era obscuridad, inmersos en medio de la noche, íbamos de nueva cuenta en la
embarcación pero el panorama ahora era
muy tenebroso, la lancha comenzó a moverse, las señales luminosas que indicaban
los límites de velocidad a la orilla del río comenzaron a balancearse de un lado al otro a la par del viento, y en la obscuridad del agua
comenzaron a brillar las mareas. Cerati sugirió que el mareo que estábamos sintiendo
se debía al verde profundo del mar, el aire era sólo un detalle infinito dando
vueltas y que ese brillo podría ser el reflejo de las memorias de un amor de
ultramar. A primera instancia me resultó complicado entender sus palabras, por lo que me quede reflexionando unos instantes.
Pero el sueño tenía que terminar
tarde que temprano, fue así como de pronto se fue en otra lancha distinta a la
mía y susurrando escuché decir sus últimas palabras: “No lo sé, ¿cuánto falta?,
no lo sé, ¿si es muy tarde? no lo sé, si me olvidas moriré… ¿Qué otra cosa
puedo hacer?.....”
Al final este sueño quedó sin
resolverse, pero puedo decir que este viaje por Latinoamérica me hizo cumplir
el sueño de conocer a Cerati. Los sueños ayudan a hacer cosas imposibles, y uno
siempre merece lo que sueña.
Texto inspirado en la admiración que tengo por la música y poesía del
genio inmortal Gustavo A. Cerati, por la pasión que tengo por viajar, por las
ganas eternas de soñar, y por mi mente que cuando estoy dormido le gusta
divagar.
David Herrera González.
Octubre 2016.